Nuestros mayores siempre nos ha contado historias sobre la vida y las costumbres de los habitantes de Undués de Lerda. Historias tristes y duras que narraban la difícil vida cotidiana, lo penoso que era el día a día y lo mucho que tenían que trabajar los habitantes del lugar para arañar a estas agrestes tierras unos míseros granos de trigo y sacar adelante a sus familias. Pero también había historias alegres que nos hablaban de fiestas, bailes y diversión. Historias que nos hablaban de convivencia, comunión y en definitiva de vecindad. Todas esas historias nos muestran un pueblo que nosotros no hemos conocido, nos han servido para respetar y comprender mejor a nuestros antepasados y sobre todo, nos han servido para identificarnos y amar, aún más, este pequeño pedazo de tierra en el cual nos ha tocado pasar nuestra existencia. Tierra de reyes, señores y abades.
Sabía que el museo estaba ahí, de ahí no se iba a mover, quizás por eso posponía mi visita cada vez que tenía la oportunidad. Cuando no tenía ningún plan no se me ocurría la posibilidad de ir al mueso a pasar la tarde o la mañana y ver las diferentes obras de arte. Pero esta ocasión era la mía, además rodeada de compañeros de clase. No me lo esperaba así de grande y tampoco me esperaba tantas obras de tantos artistas diferentes, ni me esperaba los pilares, ni esos mosaicos tan grandes, que cubrían las paredes por completo. Ahora mismo me arrepiento de no haber ido antes, porque no sabía lo que me perdía en mi propia ciudad, en esa misma calle por la que paso cada dos por tres. Esto me hace preguntarme qué otros lugares de mi propia ciudad no conozco aún.
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